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Revista digital del I.E.S. La Fuensanta, Córdoba, España.
número 9 - ISSN 2172-7880
número 9 » Arte y Literatura »

Exilio intelectual andaluz en Argentina

5 de mayo de 2017, por Equipo de redacción

Es difícil cifrar el número de exiliados andaluces que con la diáspora española acaecida tras la guerra civil se refugiaron en Argentina, ya que, según apunta la Profesora Inmaculada Cordero Olivero en el dosier Exiliados publicado en Andalucía en la Historia [1], los datos de los registros consulares no se corresponden con los del registro del puerto de Buenos Aires, y eso sin tener en cuenta que muchos exiliados políticos constaban en la práctica como trabajadores inmigrantes, a quienes amigos o familiares que ya estaban instalados en la Argentina facilitaban la entrada en el país gracias a un contrato de trabajo.

Se estima que entre 1936 y 1940, de un total de 10.625 españoles, cerca de 500 eran andaluces, y ya en la década de los 40 llegaron 10.536 andaluces que en su mayoría no podemos considerar exiliados y de los cuales tan sólo unos 2.000 eran profesionales o intelectuales. Se trata en cualquier caso de una comunidad cuantitativamente reducida, pero que, como ahora veremos, cualitativamente tuvo una relevancia cultural, artística y literaria colosal.

El estrecho círculo de los intelectuales andaluces, y en particular el de la Andalucía occidental, explica los abundantes vínculos existentes entre ellos gracias a los cuales, además, pudieron también establecer lazos fecundos con los intelectuales del país receptor.

El insigne poeta gaditano Rafael Alberti quizás sea una de las figuras más simbólicas del exilio andaluz en el Río de la Plata, en cuyas tierras permaneció, junto a su esposa la también escritora María Teresa León y su hija Aitana, allí nacida, desde 1940 hasta 1962 en que se establecen en Roma. Estos veintidós intensos y fructíferos años que Rafael Alberti pasó en la ribera rioplatense se tradujeron en títulos como Entre el clavel y la espada, Pleamar, Retornos de lo vivo lejano, Baladas y canciones del Paraná, o Buenos Aires en tinta china e incluso en una célebre incursión cinematográfica llevada a cabo por el tándem Alberti-León con la adaptación para la gran pantalla de La dama duende, considerada como un ejemplo emblemático de la contribución del exilio español a la cultura cinematográfica argentina. Una huella profunda de estos años de exilio americano la encontramos en el segundo volumen de las memorias del poeta “La arboleda perdida” [2], y en la “Memoria de la melancolía” de María Teresa.

Pero quién más y mejor encarna a nuestros ojos la figura del intelectual andaluz exiliado será por siempre Don Niceto Alcalá Zamora, desde su desembarco en Buenos Aires el 28 de enero de 1942 hasta que la muerte le sorprendió en su lecho en la madrugada del 18 de febrero de 1949. Superando toda clase de adversidades imaginables, el otrora Presidente de la Segunda República Española, se entregó a una actividad literaria frenética fruto de la cual vieron la luz, de pane lucrando, una ingente cantidad de estudios, ensayos, colaboraciones, conferencias y obras durante su etapa porteña.

Asimismo qué duda cabe que uno de los mayores contribuidores del exilio cultural español en Argentina fue el reconocido escritor granadino Francisco Ayala, que había sido diputado de las Cortes Constituyentes de la Segunda República. Amigo de la célebre escritora, editora y mecenas argentina Victoria Ocampo, con la que compartía su círculo de amistades entre quienes se contaban los escritores Eduardo Mallea, Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y su esposa la también escritora Silvina Ocampo, Ayala fue colaborador habitual de multitud de publicaciones argentinas y muchas de sus obras vieron la luz durante la década de los 40 en que residió en el País del Plata.

Entre sus colaboraciones habituales destacan las que hizo para SUR, Ficción, Los Anales de Buenos Aires, Argentina Libre, La Nación, o la revista de ideas Realidad que él mismo fundó, y participó, además, en editoriales como Losada o Atlántida, e incluso las fundó él mismo como en el caso de la Editorial Nuevo Romance.

Paradigma del intelectual librepensador sería el filósofo don José Ortega y Gasset, figura imprescindible del pensamiento español del siglo XX, diputado por Jaén en la primera legislatura de la Segunda República e ilustre madrileño a quien no obstante citamos aquí por ser un andaluz de corazón, como lo atestiguan muchos de sus discursos y escritos sobre Andalucía, en cuyas tierras se crió y educó, entre Málaga y Córdoba, ciudad esta última donde por motivos de salud se instalaron sus padres siguiendo los consejos del célebre Doctor Charcot y donde mandaron construir un palacete en la actual Avenida de Cervantes, en el que después viviría Manolete.

Ortega se instala en Argentina desde 1939 hasta 1942, participando activamente de la vida cultural del país, en el que se publican muchas de sus obras. Colabora asimismo en SUR, y en La Nación, donde ya lo venía haciendo desde antes de la guerra, así como en la Editorial Espasa Calpe Argentina, en cuyo seno fue contratado como asesor de ensayos y de las obras literarias en el verano de 1939 e intervino en la contratación de algunos títulos.

Si bien fue un exiliado un tanto sui generis , destacaremos también al célebre compositor andaluz Manuel de Falla, gaditano de nacimiento, granadino de adopción, que se instaló en las sierras de Córdoba, Argentina, donde dirigió y compuso abundantes piezas desde 1939 hasta su muerte en 1946.

Perteneciente al círculo íntimo de todos ellos, especialmente de Don Niceto, Don Francisco, Don José y Don Manuel, se encuentra Federico Fdez. de Castillejo, cordobés ilustre, abogado, diputado en las tres legislaturas de la Segunda República, las dos primeras por Córdoba, la última por Sevilla, Gobernador Civil de Valencia, Capitán de Estado Mayor, ingeniero geógrafo, reputado historiador americanista, y que en su exilio argentino, desde 1938 hasta 1945, se desempeñó también como conferenciante y escritor.

La producción exílica de Fernández de Castillejo fue tan brillante como fecunda, y abarca además de otras muchas contribuciones a la vida cultural, literaria, jurídica y mercantil del País del Plata, obras de varios géneros entre las que destacan dos auténticas joyas de marcado sabor andaluz: Rodrigo de Triana (Historia novelada del primer descubridor de América) de la Editorial Clydoc en 1945 y Andalucía: lo andaluz, lo flamenco y lo gitano, publicada por esa misma editorial el año anterior y que el prestigioso historiador argentino Enrique de Gandía no dudó en elogiar al decir que:

“es la primera, de este género, que se publica en nuestro país. La emigración de intelectuales españoles nos ha dado, entre tantos otros, este hermoso fruto. Sus lectores volverán a enamorarse de Andalucía. Para amar a Andalucía -como para amar a cualquier persona- hay, ante todo, que comprenderla. Donde no existe comprensión puede existir curiosidad y hasta asombro, pero no amor. Este libro enseña a comprender y amar Andalucía. Madre Andalucía es para nosotros, los americanos (…) la fuente material y espiritual de nuestros orígenes. (...) Libro erudito y de artista, de poeta y de psicólogo; pero por encima de todo –y en esto va nuestro máximo elogio- libro de buen español.” [3]

Entre el círculo de amistades de Fernández de Castillejo y su esposa la aristócrata sevillana María Taviel de Andrade en el Río de la Plata, se cuentan el también ingeniero y diputado cordobés Rafael Delgado Benítez y su esposa Carmen, el gran pintor cordobés Rafael Cuenca Muñoz y su esposa Rocío, el poeta granadino Manuel de Góngora y su mujer Leonor, así como Don Rafael Benjumea Burín, Conde de Guadalhorce, insigne ingeniero de caminos sevillano [4] y su mujer, la malagueña Isabel Heredia Loring-Bebel. [5]

Pertenecientes también a este círculo intelectual y social en Buenos Aires se hallan otros ilustres exiliados andaluces como la mezzosoprano cordobesa Graciela Fernández Vergara, esposa del destacado poeta, escritor y periodista madrileño Alfredo Cabanillas, quien era embajador oficial del Ayuntamiento y la Diputación de Córdoba en la capital española, o el popular cantante de copla malagueño Miguel de Molina exiliado también en Buenos Aires hasta su fallecimiento en 1993.

Por último, queremos aquí recordar al intelectual sevillano Manuel Blasco Garzón quien había sido elegido diputado por Sevilla en las elecciones de 1933 y de nuevo en las de 1936, coincidiendo así en ambas ocasiones en el hemiciclo con Fernández de Castillejo, y con el padre de éste, el ilustre político cordobés don José Fernández Jiménez, en las de 1923.

Este abogado, escritor y político sevillano, a quien le unía una amistad casi fraternal con el también político sevillano Diego Martínez Barrio desde que fueron compañeros de pupitre en una modesta escuela sevillana, destacó por su brillante oratoria y su versatilidad ocupando cargos tan variopintos como la presidencia del Sevilla F.C. de 1923 a 1925, la del Ateneo de Sevilla de 1927 a 1929, ministro de Comunicaciones y Marina Mercante, así como Ministro de Justicia en 1936.

Al finalizar la contienda Blasco Garzón se exilió en Buenos Aires, donde ocupó el cargo de cónsul general de España del gobierno republicano en el exilio y donde fallecería en 1954. Allí escribió obras como Gloria y pasión de Antonio Machado y un sugestivo libro, Evocaciones Andaluzas. Una interpretación apasionada, editado en Buenos Aires en 1941.

Se cumple pues en todos ellos -como escribiera el político sevillano don Diego Martínez Barrio, amigo personal de Fernández de Castillejo y él mismo exiliado en Francia- lo que podríamos calificar de “doble exiliado” si, como aquél, admitimos que "vivir desterrados de Andalucía es doble destierro. Quizás no conozcan ese aumentado dolor los españoles de otras regiones, porque difícilmente se es, como somos nosotros tan españoles y tan de la tierra natal. Los andaluces hemos igualado los sentimientos y monta tanto la patria grande como la patria chica." [6]

Ahora que se han cumplido 80 años del comienzo de la diáspora de la intelectualidad española, emprendemos ese viaje a la cuenca del Río de la Plata con la ilusión, la curiosidad y la esperanza de que esta larga travesía contribuirá de alguna manera a recuperar un legado, cultural, literario, pero también moral, que percibimos a través de la obra de estos y otros muchos ilustres andaluces porque, en efecto, “no se rindieron nunca, esa Numancia errante no quiso ceder” [7], y tampoco nosotros cejaremos en nuestro empeño de luchar por recuperar la memoria vívida de esta generación castigada por la historia.

Ya lo dijo el poeta sevillano Luis Cernuda -que, aunque exiliado en México, fue en Argentina donde se publicaron sus tres obras de ficción y sus dos grandes poemarios del exilio, cumbre de su producción lírica-, en uno de los más bellos versos que nos ha dejado el éxodo republicano español, acerca de la fe mantenida -a través de la derrota, de la distancia, del exilio y de la dureza humana- en que el hombre es noble:

(…) Nada importa que tan pocos lo sean:
Uno, uno tan sólo basta
como testigo irrefutable
de toda la nobleza humana.
(…) Recuérdalo tú y recuérdalo a otros.

 [8]

Beatriz Ledesma Fdez. de Castillejo.

[1Inmaculada Cordero Olivero, En los barcos de la esperanza. Republicanos andaluces en el Cono Sur de América, dosier, Exiliados, de Encarnación López Lemus y Fernando Martínez López, Andalucía en la Historia, nº 43, enero 2014, págs. 34 y 35.

[2Rafael Alberti, La arboleda perdida, Seix Barral, Barcelona, 1977.

[3Enrique de Gandía en Andalucía: lo andaluz, lo flamenco y lo gitano de Federico Fernández de Castillejo, Editorial Clydoc, Buenos Aires, 1944, pág. 18, 19 y 26.

[4Benjumea fue número uno de su promoción de la Escuela de Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, y contaba con una sobresaliente trayectoria en distintos proyectos de obras públicas en España.
Llegaría a ser ministro de Fomento entre 1926 y 1930 durante el régimen primorriverista, tras el que se exilió a Francia, regresó de nuevo a España y fue elegido diputado en las elecciones de 1933 tras las que se volvió a exiliar, esta vez a Argentina, donde vivió hasta su regreso a Málaga en 1947, ciudad en la que fallecería en 1952, casi 20 años después de haber sido nombrado Hijo Predilecto de la ciudad.

[5Nieta del industrial Manuel Agustín Heredia.

[6Carta de 2 de septiembre de 1959 de DMB a Eloy Vaquero, carpeta 45, legajo 11, Archivo DMB, Archivo Histórico Nacional. Es en respuesta a un envío que el poeta cordobés le había hecho de su poemario "Senda Sonora" al que Martínez Barrio contesta con gran emoción.

[7Alfonso Guerra, “La España perdida. Los exiliados de la II República”, Edición de Francisco Durán Alcalá y Carmen Ruiz Barrientos, Diputación Provincial de Córdoba, Patronato Municipal Niceto Alcalá-Zamora y Torres, Universidad de Córdoba, Conferencia Inaugural, 2010, pág. 19.

[8Poema titulado “1936”, escrito por Luis Cernuda en 1961, dos años antes de su muerte, acaecida en México en noviembre de 1963.


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