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Revista digital del I.E.S. La Fuensanta, Córdoba, España.
número 10 - ISSN 2172-7880
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Energias renovables

20 de mayo, por Equipo de redacción

Comentario al artículo de 1981 titulado “Energía nuclear ¿mal necesario?

En abril de 1981 escribí el artículo de referencia que publicó el “Diario Córdoba”. Los treinta y cinco años trascurridos, equivalentes a más de una generación, creo hacen patente que los datos que contiene han sido superados, cuando no contradichos por la realidad; reproducirlo a continuación, no sólo por curiosidad, puede servir de base a consideraciones sobre los retos energéticos actuales.

Decía así el artículo de referencia:

“Las fuentes de energía han condicionado la vida del hombre en todos los tiempos y en todas las civilizaciones. Por ello es esencial conocer las múltiples consecuencias, no solo económicas y ecológicas, sino incluso políticas, de cada una de ellas, máxime en estos años finales del siglo XX y en esta civilización occidental que está agotando un ciclo histórico de intensificación de la producción de bienes, basado en energía fósil, hasta ayer abundante y barata, y aun no se sabe cuál camino hacia el futuro es el que va a tomar, incógnita que es la clave del futuro mundial.

Recientes prospecciones preveen que para el año dos mil los países de la O.C.D.E. habrán doblado su consumo energético actual y el tercer mundo la habrá multiplicado por 6 o 7, con una estructura de abastecimiento similar a la siguiente:

Ello quiere decir que Europa Occidental se preveé como la región mundial que más nuclearizará sus energías: el doble que el conjunto mundial. Y ello pese a ser sobradamente conocidos los altos riesgos de las centrales nucleares; además de los accidentes producidos durante su funcionamiento, el mayor riesgo lo constituye el hecho de ser el plutonio, el torio y otros elementos producidos por la industria nuclear activos durante un periodo de 250.000 a 1.500.000 de años (no hay error: millón y medio de años), lo que entraña la obligación para miles de generaciones futuras de continua vigilancia y custodia de los almacenamientos de residuos radiactivos; dejando aparte el problema, aún sin solución, de cómo almacenarlos con un mínimo de seguridad.

En la decisión de usar la energía nuclear hay un aspecto aún más esencial que la seguridad que no es tenido en cuenta: la influencia que una fuente de energía que exige un enorme capital acumulado ha de tener en la misma esencia de la estructura social.

La historia nos enseña cómo las llamadas “sociedades hidráulicas”, constructoras de grandes obras de irrigación (Mesopotamia, Egipto, las antiguas China e India) a la par que, mediante una gran intensificación de su producción agrícola, permitieron un gran aumento de la población, crearon sistemas fundamentalmente similares de economía política, con una burocracia altamente centralizada y despótica, de gran concentración de poder en soberanos absolutos, lo que Carlos Marx llamó “el modo de producción asiático”. Parece casi una exigencia histórica el hecho de que los sistemas de producción que exigen un nivel estatal (podríamos decir una enorme acumulación de capital) son los más proclives a derivar en formas despóticas de gobierno, conforme y a medida ha de intensificarse el sistema de producción.

Los animales y las plantas han sido durante milenios la fuente principal de energía para la vida social, ya que ellos absorbían la energía solar y la convertían en formas aprovechables para el consumo de los hombres. Su control se lograba por el control de la tierra y el agua; quien controlaba el agua en definitiva controlaba la productividad de la tierra y por ello la energía derivada de plantas y animales. Por lo tanto los despotismos de las sociedades hidráulicas eran, a fin de cuentas, primitivos despotismos energéticos.

Actualmente la fuente principal de energía es la fósil, petróleo y carbón, que se acumula y distribuye por un pequeño número de organismos, sociedades o estados, procedente de un numero también pequeño de minas y pozos, por ello la posibilidad de un despotismo energético es más evidente que nunca lo fuera en todos los tiempos; y si, ante su actual encarecimiento, su próxima escasez y posterior agotamiento, va a ser sustituida paulatina y progresivamente por la energía nuclear, tendremos que hablar no de posibilidades sino de probabilidad de un despotismo energético que traería como consecuencias el despotismo político, pues no hay que olvidar que la nuclear es la fuente de energía más concentrada y fácilmente controlable por una minoría a escala mundial.

La burbuja de libertad nacida en Europa, como consecuencia de sus condiciones climatológicas, que hacían innecesarias grandes obras hidráulicas para obtener energía de las plantas y animales, hinchada posteriormente por la barata y abundante energía fósil, puede explotar si, para continuar intensificando su producción, se ha de recurrir a una fuente de energía tan controlable y monopolizable como la nuclear.

Tenemos todavía la posibilidad de desarrollar una tecnología que haga económicamente explotables fuentes de energía poco concentradas, como la solar y la eólica, que confirmarían el sistema de libertades y democracia; de investigar sobre nuevos combustibles como el hidrógeno, llamado “el carburante del mañana”, sobre el cual el Centro Común de Investigación de la Comunidad Europea (C.S.R.) de ISPRA a orillas del Lago Mayor, ha desarrollado un procedimiento de producción por vía termoquímica que puede llegar a ser rentable (recordemos que el hidrógeno es el combustible ideal, ya que al quemarse con el oxígeno produce agua, o sea es un combustible de nula contaminación, y que tiene por añadidura el ser inagotable).

Todo esfuerzo en conseguir posibilitar el uso industrial de estas y otras fuentes alternativas de energía será rentable para nuestra sociedad no solo en términos económicos sino políticos. Pero ha de tenerse en cuenta que los entes que actualmente controlan las fuentes de energías y su distribución no ponen interés alguno en ello y sí en oponerse.

El desarrollo de estas fuentes de energías alternativas de la nuclear han de exigirlo y defenderlo los miembros de esta sociedad, que serán sus beneficiarios, sin gastar el tiempo en esgrimir argumentos o en posturas de fuerza contra la energía nuclear, de la que serán perjudicados principales no solo los miembros de nuestra generación (que sí pueden serlo) sino las futuras generaciones, es decir LA PATRIA. Empléese el tiempo, argumentos y fuerza en promover el desarrollo de estas fuentes de energía limpia y no monopolizable, ya que dados los limitados recursos disponibles de nuestra sociedad si gran parte de los mismos se consigue sean empleados en ello, no quedaran recursos bastantes para un gran desarrollo de la energía nuclear.

Si los actuales dirigentes de la civilización occidental piensan que la energía nuclear es un mal necesario, y creo que en verdad lo creen honradamente, aún es tiempo para que sus dirigidos, al tomar conciencia de las posibilidades de otras alternativas, más deseables, les fuercen a patrocinar su investigación y desarrollo, hasta conseguir que sean fuentes de energía de un coste razonable.”

El tiempo ha ratificado los temores a incidentes dramáticos de la energía nuclear y al encarecimiento del petróleo, aun cuando no al temor de su agotamiento, ya que nuevos yacimientos y técnicas de extracción, como el fracking, van prolongando el tiempo durante el cual será fuente principal energética.

Desgraciadamente no se ha producido el gran incremento de la proporción de las energías renovables en el conjunto de las ofrecidas a la sociedad. Y ello pese a que esta se ha ido convenciendo de su necesidad, sobre todo para evitar los efectos nocivos del cambio climático producido en gran medida por la energía derivada de los hidrocarburos.

En España sucesivos gobiernos han promovido normas para su desarrollo, pero este se ha impulsado mediante grandes inversiones de la iniciativa privada industrial, al abrigo de garantizarles una gran rentabilidad, sin fomentar debidamente la pequeña producción casi individual o familiar.

La cambiante legislación sobre las inversiones y la producción de energía renovable, así como su coste para los ciudadanos, ha llevado a la actual situación de altísimos precios de la energía eléctrica, muy superior en España a la de otros países desarrollados, tanto para las familias como para las industrias, lo que supone una adversidad para nuestra competitividad.

Siendo ello malo, lo peor es no llegar a entenderse por el ciudadano las continuas subidas de la energía eléctrica, pese a las cuales se ha llegado a la creación de un aterrador “déficit de tarifa”, es decir a una deuda de los consumidores con las compañías eléctricas avalada por el Estado, es decir por todos los ciudadanos.

No vamos a intentar explicar cómo se determina el precio de la luz en España, las ayudas y subvenciones y las diversas subastas de energía eléctrica, similares a la de Alemania, pero que allí no han producido déficit de tarifa ni deuda con las compañías eléctricas, ni tan gran elevación del precio de la energía eléctrica, que en España es el quinto más elevado de la UE.

El histórico despotismo hidráulico ha sido sustituido por un oligopolismo eléctrico y energético en general, que hace difícil, no solo el posible abaratamiento de la energía, sino, también, el conocimiento y comprensión de cómo se comporta la producción, distribución y fijación del coste de las diversas energías. Y si los miembros de una sociedad no conocen los extremos anteriores mal pueden exigir a sus dirigentes un comportamiento racional sobre ellos.

Que el “mundo occidental”, y más concretamente Europa, no sea capaz de resolver su problema energético y el cambio climático pese a ser la civilización más avanzada y justa de las que han existido, hace pensar que, como se ha dicho, el drama de las civilizaciones no es tanto el que sean mortales, porque las barbaries lo son tanto o más, es que ellas tienden a suicidarse por autopersuasión colectiva o a perecer por consanguinidad.

J.E. Fernández de Castillejo


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